domingo, diciembre 28, 2008

martes, junio 05, 2007

sábado, octubre 07, 2006

Menos mal




Menos mal que me ha visitado esta gripe aunque no la hubiese invitado. Menos mal, porque en estos países tropicales pueden pasar tantas cosas…

Seguramente habríamos salido todas las noches a tomar caipirinhas. Y apuesto a que anoche mismo, sin ir más lejos, mientras clavábamos la pajita entre los trocitos de hielo y lima de nuestra copa, sentados en la terraza del Madame Frufru, habríamos sido eclipsados por la belleza de esa luna llena que se asomaba tras la iglesia, entre palmeras y cables de luz.
Ella, al vernos tan enamorados, se habría inclinado para besarnos y nosotros bajo su hechizo habríamos salido volando, porque como dice la canción, la cachaça no es agua, no… En ese vuelo etílico y lunático habríamos llegado a la playa, desnudos y risueños. Y el océano, tan inmenso y jugetón él, se habría dicho, qué amantes tan lindos. Al desear saborearnos con su lengua de sal, nos habría invitado a jugar, haciéndonos cosquillas en nuestros mimos con la caricia espumosa de su orilla que viene y que va.

Y ya sabemos lo que sucede en el mar en noches de luna llena. Yo, por supuesto, me habría transformado en sirena y tan lejos habría llegado a propagar mis cantos y seducir marineros con mis encantos, que mi hombre para alcanzarme se habría montado al lomo de una raya. Una raya viuda, pobrecita, enorme y plateada, que perdió a su esposo rayo en las redes de un pescador bahiano. Lo que mi amor nunca habría podido imaginar es que, tanto que le gustan los pescados, conquistaría sin remedio, con sus dulces ojos verdes y sus labios golosina, el corazón de esa raya desolada. Y que ésta, prometiéndole olas que surfear, lo llevaría volando bajo las profundidades al rincón más olvidado de esa mar, donde ningún pescador podría arrebatarle jamás a su amado.

Yo, como todas las sirenas tristes, derramaría millones de lágrimas y de tanto llorar haría más grande el mar hasta casi hacerlo desbordar. Entonces, para que no ahogase a los peces, enviarían a mi padre en su forma de Neptuno, que me rescataría diciéndome que yo soy una princesa y no una sirena, y con dulzura me depositaría, desnuda, sin memoria y sin mi cola de escamas, sobre la arena en esa noche sin estrellas.

Y claro, como todas las sirenas cuando se convierten en mujer, renacida y amnésica, descubriría con deleite la magia de mis piernas. Comenzaría a danzar y tomada por los ritmos del lugar mi cuerpo se contorsionaría en malabarismos de capoeira y con una pirueta estroboscópica me posaría con suavidad sobre la piel blanca de la luna, quién me susurraría al oído: Yo soy tu mamá.

Y a partir de entonces, con sus rayos de luz jugaríamos juntas a las marionetas con las mareas. Sin yo poder adivinar que cada día y cada noche, hasta el fin de los tiempos, al mecer los mares estaría acunando a mi amado, quién desde el fondo del océano, incapaz de olvidarme, recibiría mi caricia durmiendo un insomne sueño eterno, atesorando su telaraña de vigilia, con la certeza de que nuestras miradas se encontrarían, alguna noche, en ese resplandor plateado, y que yo al reconocer sus hermosos ojos verdes recordaría nuestro amor y recuperaría la memoria.

Menos mal que no he salido de la cama gracias a este resfriado…




Para mi Serge ,mon Pishkouni, mi inmenso trocito de mar,
mi peñón de Gibraltar

Arraial D’ajuda, 7 de octubre 2006


viernes, octubre 06, 2006

Quiero desnudarme


Y sin querer, felizmente descubro qué si estoy aquí es para desnudarme. Para atreverme a hacerlo. Quiero desnudarme sin pudor. Osar reinventarme sin tener que dar explicaciones de qué es autobiografía o qué es ficción, pues son los dos lados de la misma hoja de papel. Y qué la mirada ajena desparezca, y no sea distinta de la mia, que no exista más mirada y todo se convierta en creación, en Vida. Y aunque al final pueda conservar la ropa interior, porque así lo decida o bien porque no se me desprenda, seré aún más feliz si , otra vez sin querer, un día me encuentro en un bolsillo, calladito y discreto, el valor para hacerlo sin sentirme observada ni juzgada.

Arraial d’Ajuda, 6 de octubre 2006

Pesadilla

Y en noches como ésta, en que te poseen un último sabor a gripe, un primer día de regla y una pesadilla que te toma entera, todo bajo una luna que crece y se llena ,la realidad ya no es la misma, y como que no es ni tuya, aunque sea una sola qué, cómo suele pasar, no reconoce su propia dualidad. Mientras mi cuerpo lucha con toda la tensión de sus músculos para despertarme y liberar mi alma, la voz en off de un narrador que no necesita parar para respirar, fustiga de estímulos el guión de mi pesadilla torturante, constante, con un ritmo psicótico, cruel y tan creativo el hijo de puta… Y no sé si mi inconsciente se debate tanto por escapar o si será más bien por lograr rasgar una ventana de lucidez entre tanta bruma para poder plagiar ese genial producto de mis entrañas. Y yo me pregunto: ¿Me estará obsesionando la escritura?

Arraial d’Ajuda, 6 de Octubre 2006

miércoles, octubre 04, 2006

Me toma siempre desprevenida


Mis pupilas crecen magnetizadas por las tuyas, nuestro deseo fundido en piel estalla en mil sabores cuando ese terremoto de placer nos convulsiona, nos desintegra en millones de moléculas, nos eleva como seres etéreos durante unos instantes atemporales, hasta que en ese vuelo de apenas unos minutos volvemos a descender a la materia con dulzura, con la sutileza del aleteo de un gorrión.

Soy demasiado feliz durante esos momentos que siguen, en que aún enroscada a tu cuerpo puedo girar la cabeza sobre la almohada y encontrarte a mi lado, sudado y palpitante sobre mi cama. Durante estos recortes casi oníricos de mi existencia en que te creo mio aunque sea sólo una ilusión, robada y pasajera. Demasiado feliz porque no me lo puedo permitir, y ese reloj interno que no perdona, no tarda en recordarme, como un martillo que golpea implacable mi consciencia, que poco va a durar; y esa pulsión de placer efervescente se espesa y sedimenta en una capa más de angustia que se acomoda como roca en mi montaña de renuncias.

Y en cuanto mi sosiego, tan frágil, se convierte en placidez fingida, puedo intuir el mínimo de los gestos que precede a tu partida. Cuando con delicadeza empiezas a desenredarte de mi abrazo, con una sonrisa sí, pero con la mirada y el alma ya en alguna otra parte. Cuando con disimulo te estiras, como quien despierta y debe comenzar su día y así como sin querer miras el reloj de la mesilla, cuando con un beso te pido que por favor no digas nada, que te vayas sin más. Porque el amor que te tengo vive adobado en zumo de limón, abrasivo y amargo, pero estoy acostumbrada y prefiero ese sabor ácido que me mantiene expectante que el engañoso gusto agridulce de las promesas comprometidas.

Y es cuando cierras la puerta a tu espalda y te vas, tan ligero y despreocupado como llegaste, cuando me toma siempre, siempre desprevenida, ese escalofrío que me recorre entera, ardiente como la fiebre y helado como la peor de las tristezas, y me hace estremecer como un cascabel sacudido más allá de su voluntad, pues no la posee.


Arraial d’Ajuda, 4 de Octubre 2006



viernes, septiembre 29, 2006

Seis años con Camila

Llegamos al pueblo en autobús. Era la primera vez que recorría ese trayecto, debía tener unos siete años y nunca había salido de la ciudad. Pegado al cristal de la ventanilla, que enfriaba mi frente, descubría ese paisaje nuevo para mí: campos de cultivo, plantaciones de olivos, algarrobos, almendros… Bosques de pinos que se desvanecían en valles. Valles que escalaban montañas…
⎯¡Mira mamá, mira! ⎯gritaba yo de repente⎯ ¡Un pastor con sus ovejas! ¡Cómo los de mi libro, mamá! ¡Mira, mira! Hay unas cuantas haciendo la siesta bajo los árboles… ¿Las podré tocar, mamá? ¿Hay ovejas allí dónde vamos? ¿Mamá?...
Mi madre, muy erguida sobre su asiento, miraba al frente con las manos comprimidas en un nudo sobre su regazo. Los segundos que tardó en reaccionar a mis empujones, la lentitud de sus movimientos cuando se inclinó a mirarme y me agarró la cara con las dos manos, me alertaron de que algo no iba bien.
⎯Mami siempre está contigo, ¿me oyes bien? Mami siempre está contigo. ⎯Me dijo muy despacio. Aferrado a su abrazo grabé esa imagen tan adentro como su mirada me llegó en aquel instante, sin llegar a adivinar cuántas veces la evocaría durante los años que siguieron.

No podría decir qué me impresionó más en la penumbra de aquel atardecer: La enorme casa de piedra toda vestida de hiedra salvo sus oscuras persianas cerradas; los golpes llenos de eco de la aldaba cuando mi madre golpeó el portón; la presión con que me agarraba de la mano o la aparición del rostro de mi abuela tras el postigo desvencijado. No sólo tenía la piel más arrugada que yo había visto en mi vida sino que sus ojillos se abrieron tanto al vernos que ya nunca pude volver a mirarla sin dudar seriamente si no sería mitad búho, mitad mujer. El golpe inesperado con que cerró el postigo y el lamento ronco de la puerta al abrirse completaron la imagen aterradora de ella que tardaría semanas en olvidar.
Quedé pegado a las faldas de mi madre hasta que algo más tarde caí vencido por el sueño junto a ella en el canapé, arropado por el calor de la chimenea y agotado de intentar entender algo del murmullo tenso de su conversación.

No sé cuantos días pasó mi madre conmigo pero me han contado que le costó mucho marcharse pues yo me resistía a despegarme de ella. De tantas veces que la seguí corriendo camino abajo y me colgué de sus piernas con todo el peso de mis sollozos, no le quedó más remedio que irse mientras yo dormía la siesta. Una de esas mañanas, en la tibieza de la cama, había intentado explicarme su partida:
⎯ Los señores han encontrado un trabajo muy importante en México y como están muy contentos con mamá, quieren llevarla con ellos. Escucha, Adrián, no me interrumpas… ¿Te acuerdas de lo que te expliqué de la barriga tan grande de la Señora Herminia? Pronto tendrá un bebé y los bebés dan mucha faena y mamá tendrá el doble de trabajo y no podrá ocuparse de ti. Tú me esperarás aquí con la yaya y... Sí, sí, sí… No llores cielo, no llores por favor… Pero si te va a encantar… Vas a ir a un cole nuevo y podrás jugar con ovejas y correr por el campo… Vas a estar muy bien mi niño, ya lo verás… Escúchame, shhh, escúchame Adrián… Mamá va a ganar mucho, pero que mucho dinero y cuando vuelva podremos tener un piso para los dos solitos, sí mi amor, tú y yo, ¡y tendrás tu propia habitación! Si se te va a pasar el tiempo volando… Te escribiré cartas cada semana y te mandaré cromos de Cantinflas… Adrián cálmate, tendrás que ser obediente y escuchar a tu abuela, ¿sí? Ella te cuidará muy bien, ya lo verás… ¿Pero qué búho, ni qué búho? ¡Ay¡ Adrián, por favor, que la yaya es muy buena, de verdad… Y prométeme que no vas a llorar así… ¡Ay! por favor…

Lloré durante una eternidad. Un día ya no me quedaron lágrimas pero seguía tan espantado que aprovechaba cualquier descuido de mi abuela para huir a esconderme; al amparo de los manteles, tras las cortinas, entre los sacos de la despensa, siempre encontraba un rincón dónde echarme, con los ojos bien cerrados, a dejar pasar las horas hecho un ovillo para evitar enfrentarme a su presencia. Una mañana, harta de verse obligada a jugar al escondite, me buscó hasta encontrarme encogido en el armario de las sábanas. Me hizo salir, me tomó de la mano y me condujo en silencio hasta la sala. Allí, en el suelo sobre unas telas viejas encontré un perrito blanco dormido. Me arrodillé a su lado para acariciarlo, el cachorro se sobresaltó al verme y en sus ojitos asustados reconocí al que sería mi compañero inseparable.

Camila, se llamaba mi abuela. Esa mujer que se me hacía más anciana que el mismo mundo… Era alta, de cuerpo estrecho, piernas largas y ágiles. De movimientos sigilosos, gestos suaves y medidos. Era persona de pocas palabras, cosa que agradecía pues su voz quebrada me producía cierto desasosiego. Mi abuela, quién, no pudo negarse a acogerme, a pesar, cómo supe años después, de haber repudiado a mi madre en su juventud, cuando regresó de la vendimia en el sur de Francia, embaraza y tan soltera como se marchó.
Vivía sola en ese caserón desde que enviudó. Solía decir que la casa se le venía encima, con sus grietas y recuerdos, pero que mientras le quedase vida ella la mantendría en pie. Siempre en movimiento, constante pero sin prisa, se afanaba desde el alba hasta el atardecer en las mil labores que le imponía la lucha contra el deterioro. Lo que nunca logró robarle el cansancio, fueron los momentos que dedicaba, sin excepción, a escribir en sus diarios por las noches. Fueron varios, los recuerdo muy bien por la fascinación que me producía el celo con que los trataba. Eran libretas grandes y gruesas, de tapas duras sin adornos, podían ser verdes, azules o rojas. Nunca supe dónde las guardaba. Muchas veces me interesé en saber qué escribía y ella siempre, sin variación, me contestaba mientras cerraba el diario: “Ay hijo… Vidas… Escribo vidas… Llenas de gozos, penas y secretos…”.Y ahí, también ella se cerraba, hermética, a mis preguntas.

Empleando todas sus reservas de paciencia y veladas dosis de ternura, Camila consiguió desarmar progresivamente mis defensas. El perrito, al que llamé Bufón, por los dos rombos negros que se dibujaban sobre sus ojos, me hizo olvidar mis refugios de sombra y tendió el primer puente de confianza entre mi abuela y yo. Junto a él ya no temía de explorar los vericuetos de esa casa sin fin, húmeda, y oscura; Camila se negaba a abrir las ventanas para que no entrase tierra. Cada habitación era para mí un universo misterioso. Con sus techos altos, sus suelos de piedra fría, aquellos muebles imponentes de madera vetusta dónde yo me metía a crear imperios imaginarios… Los micromundos de telarañas, los retratos de hombres de campo y mirada recia que me observaban desde las paredes, el olor rancio a polvo y naftalina que impregnaba el aire…
El tiempo fue avanzando en tardes iguales y opacas, sin mayores alegrías ni sobresaltos. Mi timidez me privó de la amistad de los niños del colegio, quienes además me consideraban un forastero y se burlaban de mis maneras de ciudad. Mi abuela no era muy dada a las caricias pero yo percibía su cariño a través de su mirada vigilante y sus cuidados casi maternales a pesar de frugales. Y Bufón, que para cuando me quise dar cuenta me llegaba hasta los hombros, lograba a su manera, colmar mis ansias de afecto con su candor y fidelidad.
Las cartas de mi madre llegaban regularmente; sin grandes novedades, cargadas de promesas aunque sin cromos de Cantinflas, y postergando siempre su regreso. Eran todo lo que sabía de ella pues mi abuela esquivaba cualquier mención a su respecto; así cómo se negaba, a pesar de mis preguntas recurrentes, a contarme nada acerca de la historia de nuestra familia. Visitas no recibíamos y Camila no frecuentaba a ningún vecino del pueblo. Los veranos yo jugaba en la huerta y en el bosque; ayudaba a mi abuela a recoger higos y almendras y me bañaba en la alberca. En invierno, el frío nos recluía entre las paredes del caserón; llegué a conocer de memoria hasta su último recoveco, siempre ensimismado en mis juegos solitarios. Sólo un espacio me resultó territorio infranqueable, defendido por la terquedad de su ama: el desván. Mi pasatiempo favorito cuando el tedio me empachaba era atosigar a mi abuela para que me revelase qué había tras la única puerta cerrada a la que conducían las escalerillas que remataban el pasillo de la segunda planta. Pero por mucho que intenté camelarla jamás me dejó entrar. En un par de ocasiones la sorprendí dentro, pero en cuanto sentía mi presencia en el umbral, salía veloz y cerraba la puerta a sus espaldas, sin olvidarse nunca de pasar la llave. En esos breves instantes pude vislumbrar un caos de muebles, baúles y objetos que me resultaba de lo más seductor en contraste con el orden y la sobriedad del resto de la casa, y esa claridad teñida en polvo que emanaba un tragaluz que se abría en el techo… Era la única habitación luminosa, pero el hermetismo de mi abuela superaba todas las artimañas de mi curiosidad.

Para cuando iba a cumplir trece años, un día apareció mi madre conducida en coche por un chofer . En el aturdimiento que me provocó la sorpresa casi me costó reconocerla; llevaba un traje de falda y chaqueta de un tejido fino y elegante, hablaba diferente y se había cortado el pelo que llevaba cuidadosamente peinado en brillantes bucles, entre los que asomaban unos delicados pendientes de oro y esmeraldas. El destino había dado muchas vueltas y mi madre regresaba, casada esta vez, a buscar a ese hijo que prácticamente ya no conocía. Mi nuevo padrastro nos esperaba en nuestro apartamento de cinco habitaciones, con servicio interno, en la ciudad de México D.F. Yo, ya acostumbrado, dejé las preguntas para más tarde.
Ya estábamos subidos al coche para marcharnos cuando mi abuela golpeó mi ventanilla con las yemas de sus dedos. Me hizo un gesto para que me acercase y muy bajito me susurró:
⎯Todo lo que guardo en ese desván es tuyo ⎯Y soltando una risilla entre dientes añadió⎯ Vas a encontrar más respuestas qué preguntas has sido capaz de imaginar.
Inmediatamente quise bajarme del coche pero mi abuela, con un solo gesto de su mano, interrumpió mi ademán:
⎯Todo a su momento, Adrián, todo a su momento…
Mientras nos alejábamos, perseguidos por Bufón, me giré a mirarla con los ojos llenos de lágrimas hasta que al tomar la curva del camino la perdí de vista. Nos observaba, en pie ante la puerta entreabierta, con las manos en los bolsillos de su delantal, y juraría que estaba abriendo muy grandes los ojos con una sonrisa pícara…

Fue la última vez que la vi. Hoy, veinte años después, en otro atardecer tan igual y tan distinto al primero, me vuelvo a enfrentar a la imponente fachada del caserón de mi abuela. Deslizo la mano derecha en mi bolsillo y siento el sobre. Dentro está su herencia, compuesta de tres llaves. No necesitó sus palabras para saberlo: la grande, la del portón. La mediana, la del desván; y la más pequeña, la del baúl que custodia los secretos de su corazón. La historia de mi familia por la pluma de Camila.

Ibiza, septiembre 2006

Una tarde mas en la favela

Hoy por primera vez, con su mirada fija en el sol que se oculta tras los edificios, descubre fraguarse la alianza entre su ser y esa fuerza procedente de sus entrañas, más poderosa que el odio y el miedo juntos, y siente la certeza de que al fin será capaz de hacerlo. Asomada a su ventana sin cristales, desde la altura de la pequeña colina donde se apiña entre tantas otras su chabola de ladrillo desnudo, con el ceño fruncido y los puños recogidos en tensión sobre su vientre, contempla durante un rato la ciudad que se tiñe en rosas, naranjas y ámbares, ese sueño negado, tan próximo y tan lejano, que aumenta su frustración de mujer rota. Ese Sao Paolo de rascacielos pululantes de hombres de negocios, sus perfectas mujeres ociosas, los parques donde pasean a sus herederos, sus tiendas, bares y restaurantes de lujo donde una chica como ella sólo podría llegar a entrar, y eso con mucha suerte, para limpiar. Con cada luz que se enciende en los apartamentos y en las calles, se va avivando en ella ese incendio de rabia que la toma entera; porque una chica de favela no tiene derecho a soñar y mucho menos a reclamar justicia.

El retumbar repentino de una tormenta eléctrica la hace estremecerse, ese estruendo de fin de mundo que parece obligar al cielo a abrirse, rasgarse, romperse, como él la desgarra a ella. Se deja caer en el suelo sobre el colchón, mete la cabeza entre sus rodillas recogidas y la cubre con sus brazos. La lluvia le confirma la señal, hoy será capaz. El estampido despiadado de los goterones tropicales al estrellarse contra el techo de uralita atormenta sus oídos y sus nervios, azuzándola inexorablemente hacia su objetivo; desde aquella primera vez en que la violó en un anochecer mojado igual a aquel, el repiqueteo machacón de la lluvia siempre la devuelve a la repugnancia de sentir su cuerpo invadido por el ataque de sus caricias violentas que roban la inocencia a sus formas adolescentes; sus manos ásperas y pegajosas rayando desesperadas la tersura fresca de su piel; su saliva obscena cubriéndole los pezones irritados por sus mordiscos animales; esos golpes que la hieren menos que el llanto de su sexo y su alma al ser profanados con lujuria y crueldad. Sus ganas de morir por haber nacido mujer.
Hoy todo eso acabará para siempre. No tiene que ir lejos para encontrarla, él siempre deja una cargada bajo su cama, ahí, tan cerca de la suya. Se desplaza hasta ella gateando, desliza su mano bajo el colchón y la encuentra. Le flaquean los brazos y se derrumba un instante, baña la almohada en lágrimas de rencor. Se incorpora y acerca el arma a su cara, siente su olor a acero y grasa, lo aspira como el aroma de la liberación.

Tumbada boca arriba, espera y respira, sabe que no se dormirá, nunca lo hace antes de que él llegue, no puede. Unas horas después aparece, el tufo a cachaça de garrafa inunda la habitación. Ella respira y espera. Él se tambalea, tropieza con ella, la insulta y le lanza una patada ebria que se pierde en el aire. Ella espera con la esperanza de que esta noche quiera tomarla, respira, no le mira. Él maldice, balbucea, da unos pasos inciertos y entre letras inconexas de canciones y eructos etílicos parece de repente recordar su existencia. La mira a través de sus párpados embotados y con una mueca torcida se desabrocha los pantalones antes de tirarse sobre ella. El ritual comienza. Bajo su peso, el cuerpo de la joven repite mecánicamente los resortes de resistencia que la costumbre no ha podido robarle al asco. Sabe que hoy ese sabor se encargará de lo demás. Su sabor, que se ve obligada a tragar porque la fuerza con que su lengua la invade le impide escupir. Ese sabor rancio, fermentado, a saliva enferma. El sabor de ese desalmado que le arrancó la vida a palos a su madre. Ese sabor que sabe que no la abandonará mientras viva y que le inyecta el coraje para, sin un temblor, de un gesto limpio y efectivo apuntar la pistola sobre el lado izquierdo de su pecho y disparar.
⎯Adiós, padre.


Arraial d’Ajuda, septiembre 2006

jueves, septiembre 21, 2006

Cosas de la vida

“¿Cuándo voy a tener un hermanito?, ¿Cuándo voy a tener un hermanito?” Por lo visto esa fue mi cantinela habitual desde que fui capaz de hablar medianamente bien. La imagen que conservo con toda claridad es la de aquellos paseos por el campo los fines de semana que dedicábamos a recorrer la isla. Los tres a bordo de nuestro querido Fiat 127 verde turquesa, tapizado en piel negra; yo siempre sentada en el centro del asiento de atrás, con mis piernas encajadas entre los sillones delanteros y los brazos apoyados en sus respaldos. Desde mi memoria me saludan el celeste diáfano del cielo; el verde refulgente de los pinos; los muretes de piedra demarcando los bancales de cultivo; las inmensas higueras con sus ramas apuntaladas con palos, que se me hacían como la falda de una gran dama y nos regalaban una sombra dónde disfrutar nuestra merienda; los ramos de amapolas y margaritas que recogíamos; las calitas perdidas, con sus aguas cristalinas dónde nos bañábamos desnudos y hacíamos batallas de algas… Pero sobre todo ello ese instante en que hacía mi pregunta, mi padre al volante, mi madre a su lado; yo, atenta al mínimo de sus gestos… Y siempre su sonrisa, la mirada cómplice llena de ternura que se dedicaban antes de prometerme, mi padre con un guiño desde el retrovisor, mi madre girándose a acariciarme la cabeza: ⎯Pronto, florecita, pronto…
Yo, siempre difícil de contentar quería saber más : ⎯Sí, pero pronto, ¿cuándo es? ⎯Ahí, siempre se reían y solían decirme que esas cosas suceden cuando la vida quiere. Yo no acababa de quedar satisfecha pero a mi modo entendía que era cuestión de esperar, a la vez que empezaba a tomar consciencia de que, al Dios ese del que había oído hablar, en mi familia se le llamaba Vida.

Para cuando ya respondía a “¿cuántos años tienes?”, contestando “una mano”, mi madre me regaló la noticia. Como todas las tardes de verano, estábamos las dos dando nuestro caminata por la ciudad vieja. Compramos nuestra bolsa de cerezas en el tenderete del mercado y fuimos a sentarnos sobre el baluarte con las piernas colgando sobre la muralla. Nos encantaba porque desde su altura veíamos a lo lejos las montañas, debajo nuestro los tejados encalados de las casitas de pescadores, el faro, las gaviotas que soltaban carcajadas sobrevolando el mar que se perdía en todas direcciones buscando la península. Entre cerezas y risas, mi madre me abrazó y me dijo al oído:
⎯Tu hermanito está en camino…
Me quedé inmóvil con los ojos muy abiertos durante unos segundos, después solté un grito de alegría y me puse a mirar agitada de un lado a otro, a mi madre de arriba abajo, comiéndomela a preguntas : Cómo, cuándo, dónde…

Esa barriga suave y calentita, que crecía y crecía, me fascinaba. La acariciaba, le hablaba, pegaba mi oído atento a sus costados, soñaba con mi futuro hermano abrazada a ella en los ratos de siesta… Era como esos huevos de chocolate con sorpresa, una envoltura dulce de alegrías y promesas.
No sabíamos si sería niña o niño. En aquella época mi madre adepta fiel a su dieta macrobiótica y otras disciplinas naturalistas se negaba a hacerse ecografías.

Unas semanas antes de la fecha prevista para el parto, viajamos a Barcelona. Eligieron la mejor clínica de natalidad del momento, ya que desconfiaban un poco de la precariedad de la de Ibiza.
Susi, la mujer que les ayudaba tanto en casa como en el negocio, vino con nosotros para echarles una mano conmigo. Yo le tenía mucho cariño, siempre goteaba alguna canción de sus labios, que en estado natural parecían sonreír todo el tiempo, y en nuestros ratos juntas pasábamos horas inventando historias de princesas en bosques de higueras.

Me aburría en el apartotel que alquilaron. Los muebles eran feos, el televisor muy pequeño, había muy poca luz, mucho ruido de coches y hacía más frío que en casa. Decidí entonces que no me gustaban las ciudades. Para entretenerme, y dejar a mi madre tranquila para que descansase y pudiese hacer sus sesiones de yoga, Susi me llevaba a pasear. Me compró una muñeca de trapo, de cabellos amarillos de lana y ojos verdes pintados, a la que le puse el nombre que tendría mi hermana de ser niña: Yasmine; “¿cuándo llega mi hermano?”; paseamos por el parque Güell que me prestó sus dragones para mis cuentos imaginarios; les pusimos monedas a los mimos de las ramblas para que cobrasen vida por unos instantes; “Susi, ¿llegará mañana el bebé?”; fuimos a contemplar ese mar aun más grande que el de casa desde las alturas del Tibidabo, “Ma, ¿no está tardando mucho mi hermanito?”; conocí al señor aquel con nombre de detergente que quería irse a su casa como Eté…
Sabía que estábamos allí para recibir al pequeño y cada día de espera aumentaba más mi impaciencia.

Una mañana mis padres se fueron a buscarle. Esa noche dormí con Susi en su cama, feliz y tranquila, esperando…
Al día siguiente aún no habían regresado y Susi no quiso salir a pasear. Por la tarde sonó el teléfono. No me gustó ver desaparecer la sonrisa de su cara mientras conversaba:
⎯Ay, mi dios… Hidrocef… Sí, sí, claro… No me lo creo… Ay, mi dios… ¿Y qué le digo?... Sí, sí, nada, claro, claro… ¿Ella está bien?... claro, claro… Por supuesto… Ay, mi dios…

El hospital me pareció muy grande y demasiado blanco y verde para ser una casa de bebés. Susi, llamó desde el teléfono de recepción y nos sentamos a esperar a mis padres. Me daba miedo ese lugar lleno de baldosas brillantes y tan frío, el olor a dentista, esa gente tan seria con batas blancas, y Susi que en lugar de canturrear se deshacía en suspiros y en esos “Ay, mi dios…”
Al fondo del pasillo, vi abrirse las puertas metálicas de un ascensor. Eran ellos, mi padre tendía un brazo sobre los hombros de mi madre, ella apoyaba la cabeza sobre su pecho. Yo me deshice de la mano de Susi que apretaba la mía y fui corriendo hacía ellos. Ellos al verme avanzaron hacia mi y me tendieron los brazos sonrientes. Yo me detuve en seco y acunando a mi muñeca entre los brazos les pregunté temblando: ⎯¿Y el bebé? ⎯Antes de que pudieran responderme dejé caer al suelo a Yasmine, la muñeca.

No recuerdo nada más. No se qué me explicaron en aquel momento. De más mayor, ya capaz de entender, me contaron lo de la hidrocefalia, las pocas horas que vivió mi hermana y que de haber vivido lo habría hecho totalmente dependiente en una silla de ruedas.
Lo que si puedo recordar es que por un tiempo quedé confusa, creyendo que aquel al que llamaban Dios era el que traía las malas noticias y que la Vida era la portadora de las buenas nuevas. Dos años después nació sano mi hermano Sivel.

Ibiza, septiembre 2006

Hector "El Tigre", mi mecanico farlopero

Es bajito, paticorto y de manos rechonchas. Camina siempre despacio con un balanceo de lado a lado, en lo que supones un esfuerzo de equilibrio para no ceder al peso de esa barriga enorme y redonda, que se asoma columpiándose por la cremallera rota de su mono azul. La primera vez que le vi me pregunté si no llevaría una peluca afro, con esa melena tan abultada, de rizos negros e hirsutos, que enmarca su cara regordeta, de ojos bovinos, sonrisa pícara y nariz colorada siempre goteante. Es la perfecta simbiosis caricaturesca entre Sai Baba y Maradona , si es que toleran parodia tales personajes .

En general, le encuentras trabajando tumbado boca arriba bajo algún coche, manchado de grasa hasta las cejas, entre herramientas, latas de cerveza y alguna botella de Ballantine’s ; con la radio a tope, y siempre en compañía de algún compatriota argentino, que si te quedas un rato (nunca tiene listo el coche cuando te citó) podrás descubrir haciéndose rayas de coca sin demasiado disimulo en cualquier rincón de ese garaje ilegal montado entre cuatro paredes de chapa; si no, siempre puedes ir a despertarle de la siesta a su casa, tras atravesar el cementerio de chatarra que acumula, que te hace cuestionarte si no será un asesino de coches. Porque él, horarios no cumple y el móvil lo tiene, se justifica risueño, para dar una imagen de empresa seria, pero encenderlo le complica mucho con esas teclas tan pequeñas.

Tras unas pocas visitas ya eres capaz de saber en cual de sus estados se encuentra: Sobrio (es decir dormido o recién levantado), o colocado. El bajo de la nariz lo tiene siempre negro de tanto pasarse la mano grasienta para limpiarse el moquillo. Conjuga un tic de parpadeo en el ojo derecho con un movimiento involuntario de la pierna y el brazo izquierdos como si marcara un ritmo y un meneo leve de cabeza que nunca cesa. Eso sí, cuando te marchas, siempre deja a un lado su cerveza y entre aspiraciones nasales, se restrega una mano en el trasero polvoriento antes de tendértela para despedirse con un “hasta pronto”. Y yo siempre me pregunto: ¿No será verdad que lo barato sale dos veces caro? Sobretodo después de que el técnico de la ITV descubriese en la inspección un corcho de vino taponando un manguito. Pero algo me impide cambiar de mecánico, y quizás sea el afán de descubrir, sin preguntárselo, por qué le llaman “El Tigre”…


Ibiza, septiembre 2006

miércoles, septiembre 13, 2006

Beppo

"¡Beppo, por el amor de Dios! ¡Coge a tus hermanos y llévatelos a jugar a la playa!". "¡No me pienso ir! Que se vayan ellos, yo ya soy mayor y quiero aprender a cocinar", le contestaba yo metiendo la cabeza bajo su delantal.

La cocina era enorme, siempre algún puchero resoplaba aromas deliciosos. Como todos los domingos, mi padre sentado en la mesa con su vaso de vino, leía el diario del pueblo mientras mi madre corría de un lado a otro. Lavaba la rúcula; machacaba ajos; escaldaba tomates; amasaba; removía la cazuela; picaba albahaca; horneaba la focaccia, troceaba olivas… Nosotros correteábamos alrededor de la mesa, nos escondíamos bajo las sillas, nos lanzábamos bolitas de masa cruda… Hasta que ella desesperaba.
"¡Oh Fabio! Me has hecho cinco pequeños diablos, ya que no mueves ni un dedo por lo menos ayúdame a controlarlos…", vociferaba sacudiendo la cabeza plantada con las manos sobre sus caderas. Él sin apenas levantar la vista de su lectura le contestaba: "No me calientes Giovanna, yo ya trabajo toda la semana… Y no te quejes demasiado que bien que te gusta cuando los fabricamos". Y si la tenía al alcance de su mano le pegaba una palmada sonora en ese trasero abundante de auténtica napolitana que ella balanceaba con orgullo al caminar.

"Nunca pongas sal en el agua hasta que haya hervido y la albahaca siempre a último momento. Ni se te ocurra mover el rissoto hasta añadir el queso". Aún puedo verla en esa cocina, con su piel húmeda y brillante de tanto agacharse sobre las ollas. Con su nariz era capaz de detectar cualquier desequilibrio en esa alquimia de sabores. Se sumergía en los vapores, cerraba sus ojos negros y al cabo de dos segundos me pedía: "una pizca de orégano Beppo", "ah, le falta un toque de salvia". Yo siempre atento. Era el mayor, su mano derecha.

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Mi bella Luciana. Siempre fuiste la más linda. Me enamoraste ya en la escuela con esos ojos de gata, tus rizos oscuros que flotaban al ritmo de tus pasos, esos labios de cereza madura. Tus movimientos elegantes por naturaleza. ¡Y esa nuca cuando te peinabas con un moño!
La noche del baile llevabas un vestido granate con volantes por debajo de las rodillas y una cadenita de oro con una cruz pequeña brillaba desde tu escote. Estabas con tu grupo de amigas; ellas se reían escandalosas, hablaban muy alto y gesticulaban mucho, se habrían peleado por que alguno las sacase a bailar.
Tú te mantenías serena, sentada como una reina sobre su trono, eras la única que no se había maquillado, no te hacía falta. Observabas la fiesta con tu mirada dulce, como quien esta más allá de todo pero sabe disfrutar de lo más sencillo.
Me acerqué y te tendí la mano. Me sonreíste, y tardaste bastante en responder aunque en ningún momento dejaste de mirarme. Se me habría derrumbado el mundo si me hubieses rechazado. Había esperado años a reunir el coraje necesario para dar el paso. Cuando por fin te levantaste y tomaste mi mano, se abrió el cielo ante mí. Entonces supe que tú también me habías elegido.
Bailamos, no muy pegados pero lo suficiente para rozarnos. Todos nos miraban envidiosos. Acerqué mi cabeza a tu melena y sentí ese olor a limpio y a lavanda que nunca más me ha abandonado. Sentía contra mí el colchón acogedor de tus pechos y mi mayor deseo era perderme en él. Tú te burlaste de los cuatro pelos de mi bigote, que yo dejaba crecer impaciente por parecer más hombre. Tú ya eras toda una mujer.

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La guerra parecía aún un rumor ajeno a nosotros aunque hacía ya un tiempo que no probábamos un tiramisú o una panacotta, y que hacíamos los ñoquis de patata en lugar de ricotta.
Ese día cuando volví de trabajar encontré a mis padres sentados en la mesa de la cocina. Mi padre le acariciaba la mano. Mi madre, muy recta sobre la silla, secaba sus lágrimas nada más nacer, con un pañuelo bordado. Entre ellos sobre la mesa estaba la carta. Yo era el mayor y me tocaba alistarme.
Me reclutaron para el frente de reserva del norte de África. Antes de embarcar me casé con Luciana. Fue una ceremonia sencilla, pero yo le prometí que volvería y le daría la vida que se merecía.

De ese tiempo sólo recuerdo la añoranza y la espera inquieta de la correspondencia. Abrir esos sobres polvorientos de Luciana o de mi madre, apresuradamente y devorar sus palabras, siempre con el temor a enterarme de lo peor. Mis pesadillas recurrentes… Mis padres asesinados… Un soldado violando a mi Lucci… Mis hermanos fusilados… La impotencia de no poder estar cerca de los míos, para ayudar, para protegerles.
Nuestro pelotón nunca llegó a combatir. Durante las maniobras de entrenamiento lo único que me importaba era terminar cuanto antes para regresar al campamento y poder leer que mi familia y mi amada seguían bien.

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Camogli quedó destrozado con los bombardeos. Recorrí con grandes zancadas la pasarela del barco que nos traía desde Génova. Las había visto ya desde cubierta. Corrí hacia ellas entre la multitud, detrás suyo todas las casitas de colores del paseo estaban hechas pedazos.
Abracé a Luciana con tanta fuerza que hasta tuve miedo de romperla de lo delgada que estaba.
"¿Qué te ha pasado?" me preguntó enseguida, pasando su mano temblorosa por mi cicatriz. "No te asustes, no es nada. Me cayó aceite arreglando una avería de un tanque. Puedo dar gracias, podría haberme quedado ciego si me hubiese caído en el ojo".
Me dejé abrazar por mi madre, con mi cabeza sobre su pecho como cuando era un niño. Con mi mejilla absorbía la vibración de sus sollozos. "No me preguntes cómo estoy mamá. Vosotros lo habéis pasado mucho peor…"

Nuestra casa se salvó de los ataques aéreos por estar algo apartada cerca de una cala. "De algo nos han servido mis manías de pescador". La guerra había dramatizado en poco tiempo las arrugas que el sol y el mar habían ido curtiendo en la cara de mi padre durante toda una vida.
Mis hermanos habían vivido de más cerca la muerte y el dolor que yo, se veía en sus miradas. Pero todos sabíamos que sólo podíamos agradecer haber sobrevivido.

"¡Vámonos padre! Aquí solo queda miseria y luto. El primo Enzo se ha hecho rico en América. Ellos nos ayudarán al principio. Saldremos adelante, aquí no quedan oportunidades".
"No me quedan fuerzas hijo. Junto a este mar he nacido y aquí moriré."

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Partimos solos. En el barco disfrutamos de nuestros cuerpos y nuestro amor como no habíamos podido hacerlo al casarnos. Solo salíamos del camarote para comer y a contemplar las estrellas en las noches despejadas. Cuando Luciana se dio cuenta me dijo, acariciándose el vientre: "le llamaremos Marcelo, ha sido creado entre el mar y el cielo".

Para cuando nació ya estábamos instalados en el corazón de "Little Italy". Nueva York nos recibió con los brazos abiertos. Enzo nos prestó el dinero con el que alquilamos aquel bajo de "Hester Street".
Abrimos una ventana en la puerta y desde ahí vendíamos nuestras focaccias y bruschetas recién horneadas y capuchinos con canela. La gente venía atraída por su aroma desde varias calles a la redonda.
Yo me afanaba en la cocina que improvisamos en el recibidor y Luciana atendía a los clientes que quedaban conquistados con su simpatía provinciana. Marcelo pasó su primer año en una cesta de mimbre que su madre tenía junto a ella sobre un saco de harina.

A los tres años nos mudamos a la mismísima "Mulberry Street". Compramos un local grande y alquilamos un apartamento justo arriba. Me habría encantado ver la cara de mi madre al recibir la foto en que posamos con nuestros dos hijos, todos con delantales a cuadros. Los cuatro sonrientes frente a la puerta sobre la que se lee bien grande "Ristorante Mamma Giovanna ". Seguro que se la enseñó a todas las vecinas.

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"Beppo, querido, eres demasiado cabezota. Déjales que estudien, es normal que quieran algo diferente. Se han criado entre pizzas y mascarpone…", me insistía mientras controlaba que cada florero estuviese en el centro de la mesa y que los cuadros de los manteles siguiesen los bordes sin torcerse. "Nosotros hemos vivido para este trabajo y hemos sido felices así, pero puede que ellos no. Recuerda que nosotros también elegimos en su día cuando nos vinimos para aquí."
Luciana, siempre tan razonable. Ha sabido convencerme con sus maneras suaves cuando le ha dado la gana. Ahora me alegro de haber consentido. Marcelo es un gran empresario y Fabio un reconocido artista gráfico. Están contentos y nos llevamos bien, aunque a mí, por mucho que diga su madre, me parecen más americanos que italianos.
"¡Quítate ese delantal papá, que ya no eres el cocinero! Eres el dueño de un cadena de restaurantes. Deja ya los fogones y tómate unas vacaciones. Lleva a mamá a Italia, os hará bien".

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He sido un verdadero cabezota. Nunca volvimos a casa en todos estos años. Me he sentido siempre tan imprescindible. Creía que todo se iría al carajo sin mí. He oído tantas historias, tantas veces aquellos en quienes más confías son los que luego te roban. Y esa manía mía de controlar cada plato, si te descuidas en poco tiempo, estos manazas de chefs de hoy en día, te han cambiado la receta…
Paciencia de santa es lo que me ha tenido Luciana… Un verdadero cabezota… Y he tenido que enterarme de que me queda poco tiempo de vida para darme cuenta. Pero hemos sido muy felices y todavía tengo mucho para darle…
No han sabido decirme cuánto, pero yo sé que viviré lo suficiente para llevar a mi Lucci a Italia.
Aunque este cáncer me esté comiendo por dentro sé que tengo la fuerza suficiente para regalarle otra luna de miel.
La llevaré a pasear por la calita de piedrecillas redondas, nos veremos reflejados, juntos, en sus aguas turquesas. Pasaremos las tardes sentados en el paseo probando todas las focaccias para asegurarnos de que no hay ninguna tan rica como las nuestras. La llevaré a la plaza y bailaré con ella como esa primera vez. Hasta podemos volver a casarnos en la misma iglesia.
¿Para qué voy a decirle nada? Soy un hombre fuerte y de algo me tiene que servir ser un cabezón. Aguantaré unos cuantos años a su lado y quizás no la deje sola tanto tiempo, nunca se sabe.
No voy a torturarla con la incertidumbre. El día en que sea inevitable lo descubrirá pero entretanto habremos disfrutado como dos viejos felices. Cocinaré para ella hasta el último día como que me llamo Beppo.



Ibiza, febrero 2006

Ni el polen dura eteramente


Hace unos días, casi sin darme cuenta, me di cuenta de que ya es primavera. Y no ha sido al recordar que nos conocimos en primavera, ni que mañana haría seis años en que una tarde de otro abril me dijiste, “llevo una vida buscándote”. Fue más bien al encontrarme metiendo el trapo fino de algodón entre los huecos de las ventanas para limpiarlas. Ya está de vuelta el polen, lo encuentro por todas partes, lo trae un viento cálido. Es increíble cómo se cuela en todos los rincones. Están llenas las estanterías, crea un cerco entre los libros; los míos y aquellos que no te llevaste porque eran muy viejos, con las páginas crocantes y amarillentas; a ti no te gustan las cosas estropeadas. No sólo está sobre las alfombras, también debajo… Limpio y limpio y lo sigo encontrando por todas partes. Este polen, impertinente y escurridizo, me recuerda tanto a ti; por mucho que te niego acabo hablándote desde mi silencio, me encuentro abrazada a ti en la inmensidad de la cama vacía y descubro mi fragilidad en la fuerza con que el olvido se resiste a aliviarme.

No te creas que no finjo, nadie me oirá pronunciar tu nombre. Lo llevo muy bien… Aunque al pisar el suelo me parezca flotante. Lo llevo muy bien… Aunque me cueste sonreír cuando me miro al espejo por las mañanas y tenga que soplar el polen de la luna para encontrarme detrás... Sé que lo llevo bien, o por lo menos mejor, porque ahora me esfuerzo y sonrío ante esa imagen que me enfrenta a una mirada sin brillo, rayada en arruguitas que me recuerdan que a ti no te gustan las cosas estropeadas.

Pero no todo es malo, por lo menos he adelgazado. Me vuelven a caber los vaqueros aquellos que adorabas porque, como decías al darme una palmada, me hacen culo de niña. He perdido el apetito pero no me importa, me siento ligera… Como una burbuja de jabón que se eleva sin rumbo ni pasión… Como una medusa, transparente, voluble y algo etérea, guiada por la inercia, empujada por la corriente. Quizá por eso mis reacciones se hayan vuelto lentas. Quizá por eso ya no busco respuestas ni intento entenderte y he dejado de luchar contra el rumor sordo de tu presencia. Aunque aún te vea en esas dos camisas, feas y vacías de tu cuerpo, que no he logrado sacar del armario. Y crea presentirte en el crepitar de las páginas del periódico que ya no escucho a mi lado los domingos, cuando bajo al bar de la plaza a desayunar.Y demasiadas veces te intuya en el repiqueteo de llaves que ya nunca oigo rascar en la cerradura de la puerta que sólo abro yo, cuando dejo desgranarse las horas tumbada en el sofá.

El otro día, el indio ese tan majo que vende rosas en la calle de los chinos, me regaló una muy roja; y me dijo, “ tienes que pasar página”. Y la verdad es que me hizo pensar… Las únicas páginas que he pasado desde hace siete meses, dos semanas y cuatro días son las de este diario que te escribo y entre las que he puesto a secar los pétalos de la flor, tan suaves y tan rojos. Al mirarlos he recordado las ganas que tenía de pintar la pared de nuestro dormitorio de rojo… Puede que ahora me atreva porque empieza a darme igual que no estuvieses de acuerdo y empiezo a estar cansada de ver amarillearse mis días. Voy a bajar a la calle, me voy a comprar unos vaqueros nuevos y un bote de pintura. De paso llenaré una bolsa de basura con todas tus cosas para tirarla al contenedor, están dejando de gustarme las historias estropeadas Y, ¿sabes qué? Esta vez voy a cerrar bien las ventanas antes de salir.


Ibiza, septiembre 2006



Amanda tras el biombo luminoso


Hoy es martes, son las once de la mañana. Amanda lo tiene todo previsto. Cada detalle está estudiado y preparado. Se ha tomado el día libre, le costó lo suyo; a cambio tendrá que hacerle dos turnos de fin de semana a una compañera. “Pero cuando se ama, no se cuenta”, se dice Amanda.
Está en el salón de su piso. Sentada en el suelo sobre unos cojines cerca del ventanal. Con un cuaderno entre las piernas, revisa minuciosamente la lista que preparó y fue aumentando y mejorando a lo largo del último mes. Todas las notas tienen una cruz pequeña al costado. Cruces que ya parecen círculos de las veces que las ha repasado. Está todo listo, pero Amanda por si acaso le da otra lectura.
Conseguir música sugestiva. Hecho. Repasa la cruz. “¡Ah, la música! Mierda… ¿Al final qué voy a poner?”
Adelanta el cuerpo, estira los brazos y coge con las dos manos una pila de discos compactos que dejó sobre la mesita del equipo de música. Los desordena sobre la alfombra; son todos nuevos, los estudia mientras les quita el envoltorio de celofán : “Este de danza del vientre me daría mucho juego… Pero con la manía que le tiene a Bin Laden, este Edu es tan político… Uhm, este bossa nova, tranquilito y sensual… Ay,no, a ver si le recuerda a aquella brasilerita morbosa, la muy puta… ¿Qué tal algo de Lounge? Quedaría así como muy fashion… Quizás el de sitar hindú, para dármelas de diosa… O un R&B, así, cálido… No sé, no sé… Lo decidiré luego”. Aparta los cds de un manotazo y vuelve a su lista: Velas, ha comprado montones, de todos los tamaños.
Vino, dos botellas de Saint Émilion del 95. “Me he pasado un poquito, me va a explotar la visa… Cuando se ama, no se cuenta”, se repite sonriendo.
Incienso. Tuvo que coger un metro y dos autobuses para llegar a una tienda de inciensos tibetanos, a las afueras de la ciudad. “Déme el más afrodisíaco que tenga, y por favor, que sea natural que mi novio es alérgico”.
Lencería, pinta una cruz bien grande al recordar lo cara que le salió la broma:
⎯Quiero ese portaligas de encaje y terciopelo, con las ligas a conjunto. Y ese tanguita tan pequeñito que tiene en la vitrina. Ah, y un sujetador de esos que levantan, por favor… Y… El camisón cortito, aquél, el transparente.
La dependienta, se la quedó mirando unos instantes, inmóvil.
⎯¿Qué pasa? ⎯le preguntó Amanda.
La chica carraspeó suavemente antes de contestarle:
⎯No, nada. Es que todo lo que ha elegido es de la última colección de La Perla.
⎯Sí, vale... Por eso vengo aquí, una amiga me dijo que teníais una ropa interior de volverse loca, y no se equivocaba. ⎯decoró su respuesta sacudiendo una mano, a la vez que soltaba una risita excitada.
⎯Muy bien ⎯le contesta la empleada, sacando su cuerpo inmenso de detrás del mostrador de madera tallada ⎯Le saldrá por unos seiscientos euros. ⎯Entonces sí, la miró sonriendo.

“Ya. No lo pienses más. Cuando se ama, no se cuenta. Un par de meses a tope de horas extras, y todo arreglado. Voy a estar divina, y el polvazo que vamos a pegar, lo paga todo”.
Suena su teléfono móvil. Amanda se levanta, lo coge de la mesa ratona de cristal y se tumba en el sofá. Es su amiga Lorena; contesta.
⎯Hola, nena.
⎯¿Qué tal, Amanda?
⎯Bien, muy bien.
⎯¡Uy! ¿Y eso? Te hacía de llorera…
⎯¡Qué va, qué va! Es que no estás actualizada. ¿Qué tal tu viaje?
⎯Psé, bien, normalillo. Te llamaba por si querías quedar ¿Un cafecito?
⎯No puedo. Estoy a tope. Hoy es nuestro aniversario. Le estoy preparando lo del biombo…
⎯A ver, a ver, a ver… Un momento, que no entiendo nada.¿Pero no lo habías dejado? ⎯Le interrumpe Lorena.
⎯Eso fue hace dos semanas. ¡Ahora estamos genial!⎯exclama Amanda, que se ha levantado y frente al espejo, controla mechón por mechón aprovechando la luz de la ventana, que el tinte le haya quedado parejo.
⎯Ah, así que por fin se ha decidido…
⎯No, qué va… Todavía no quiere que vivamos juntos y…
⎯Y tú, has ido a llorarle, a decirle que tiene razón en todo. Te has vuelto a humillar, rogándole que te de otra oportunidad.
⎯No…Bueno… Más o menos. Sí. Pero…
⎯Sí, Amanda, sí… Pero esta vez es diferente… Ya.
⎯Tía, yo le quiero…
⎯¿Y él a ti?
⎯Mira Lorena. Hoy nadie me va a joder mi buen humor. Además, ni siquiera me has escuchado. ¡Le voy a hacer lo del biombo!
⎯¿Biombo?
⎯Sí ¡Lo del biombo luminoso, nena! Me lo he comprado en una tienda japonesa. Es un marco negro, con tres pantallas como de papel… ⎯Amanda habla atolondrada.
⎯¡Para, para! Qué no te pillo…
⎯Cómo el de aquella peli… El juego de las sombras. El biombo, una luz y yo en medio… Mi silueta… Le voy a bailar. ¡Un steaptease!¡Le voy a poner a tope!
⎯Este cabrón tiene una suerte que no se la merece.
⎯No le llames cabrón, no me gusta. Ya verás Lore, el biombo luminoso va a marcar un antes y un después. Le voy a volver loco, he comprado hasta jueguecitos…
⎯Estás ciega Amanda. Este tipo te utiliza…
⎯¿Qué te apuestas a que mañana te llamo para contarte que me ha pedido que vivamos juntos? O que me ha dicho que me quiere…
⎯Vale, cari, lo que tú quieras. Me voy a dar una vuelta. Pásalo bien.
⎯Un beso, Lore.
⎯Chau, besitos.

Son las cuatro de la tarde. Amanda entra en su piso con un ramo de rosas y varias bolsas que deja sobre el sofá. En la cocina, llena un jarrón con agua y mete las flores. Vuelve al salón, coge su móvil de su bolso, abre el ventanal y asomada al balcón llama a Eduardo. Abajo, en la calle, ve pasar a una pareja. El teléfono emite sus tonos regulares. Van abrazados, se miran, una sonrisa leve se dibuja en sus labios. Amanda, suspira y sonríe. El tono se vuelve más rápido, da señal de ocupado. Amanda frunce el ceño, mira la pantalla, vuelve a presionar la tecla de llamada. La pareja ya ha girado la esquina. Ella, ya no sonríe. Después de varios tonos se corta la llamada. Insiste nuevamente y la voz de Eduardo responde impaciente al otro lado:
⎯Sí. Dime.
⎯Hola, mi amor⎯Amanda moldea sus palabras lentamente, con voz suave y algo aniñada.
⎯Amanda, ¿Qué quieres? Estoy ocupado…
⎯Claro, supongo que por eso aún no me has llamado. Es nuestro aniversario ¿Recuerdas?
⎯¿Aniversario? Bueno, si lo quieres llamar así… Pues , ¿Qué bien no?
⎯Mira, no te entretengo más, se nota que estás liado. Solo quería recordarte lo de esta noche.
⎯Lo de esta noche, ahá… No hagas nada para cenar. Tengo un compromiso. Cuando acabe me paso por tu casa.
⎯Pero…
⎯Amanda, creo que la última vez que hablamos…
⎯Sí, sí, vale… ⎯le interrumpe Amanda apresurada ⎯ No, no te sientas presionado. Esta todo bien. ¿Sobre las diez, entonces?
⎯Sí, sobre las diez.
⎯Edu, te quiero… ¿Edu? ⎯Eduardo ya ha colgado.

Amanda entra arrastrando los pies, con la cabeza gacha. Se encuentra con su reflejo en el espejo, se mira, “¡Anima esa cara, mujer! Qué así no vas a seducir a nadie… Venga va, un poco de marcha”. Medio bailando llega hasta el equipo de música, pone un cd de Jill Scott y lo hace sonar a todo volumen.

Son las ocho de la tarde. Amanda en la bañera, llena de espuma, intenta relajarse. Ha limpiado el piso de arriba abajo. Ha quemado varias barritas de incienso para que vaya penetrando. Ha distribuido velas por todas partes. Sobre la mesa de cristal, un cuenco con fresas y dos copas hacen compañía a la botella de vino, sobre un lecho de estrellitas de purpurina. Cerca de la pared, a la derecha de la sala, el biombo se despliega cubriendo la esquina, a los lados ha puesto varias macetas de plantas que ha entrado del balcón.
Sobre la cama, la espera su conjunto de ropa interior.
Desnuda en su habitación, mira la hora en el despertador, son las nueve. Ya está maquillada, mucho delineador y rimel, los labios rojo intenso. Ahora, hidrata su cuerpo con un crema perfumada con sándalo; no deja de mirarse al espejo mientras se masajea. Se ha secado el pelo, que le cuelga hasta la cintura, liso y brillante en su nuevo tono rojo. Erguida de espaldas, se gira levemente para contemplar su reflejo. De una cachetada comprueba que su culo respingón conserva su firmeza, ni una sombra de celulitis. Se vuelve y acaricia sus senos con las dos manos, sonríe, “estoy hecha un bombón”.
Canturreando, se sienta sobre la cama y con delicadeza se pone las medias que se ajustan a mitad de sus muslos, rematadas por las ligas de encaje. El tanguita apenas le cubre un triángulo pequeño sobre sus nalgas, remarcando su redondez. Sobre éste, coloca el portaligas que acompaña la curva de sus caderas, extiende sus tiras de encaje hasta morder el terciopelo de las ligas. El sujetador le levanta los pechos, que se presentan abundantes y elevados por su abrazo. Ya con el mínimo camisón, se calza las botas negras que pegadas a sus pantorrillas la elevan diez centímetros sobre unos tacones de aguja muy finos. El espejo le devuelve una imagen que le hace sentirse segura de sí misma, se gusta. Corre al salón a poner música, y ensaya los movimientos sensuales con que quiere desarmar a Eduardo. Contonea sus caderas, sube y baja acariciando sus muslos; se echa hacia atrás jugando con su melena y sus brazos a lo Gilda. Con sus dedos recorre su entrepierna con sutileza…

Son las nueve y media, Amanda se apresura con los últimos preparativos. Enciende las velas, repartidas por toda la casa. En la cocina desgaja los pétalos de rosa rojos y los esparce sobre su cama que hoy luce sábanas de satén negras.
“Ahora, lo más importante: mi aliado, mi querido biombo luminoso”. Se coloca detrás de él y enciende el foco que ya tiene preparado; sólo le cubre hasta los hombros, así que puede verse en el espejo alargado de la pared de enfrente. Su silueta se recorta limpia, negra, bien definida. “¡Súper!”.

Suena el despertador, Amanda lo puso para asegurarse de que estaría lista a tiempo, son las diez menos diez. Está sobre su mesilla de noche, lo apaga, y arrodillada sobre la moqueta, abre el cajón. De su interior saca un vibrador de látex lila, es grande con diferentes texturas y velocidades. Lo enciende, suelta una carcajada al notar su vibración, “le va a encantar”…También coge un par de anillas y otros fetiches más. Después, lo coloca todo a un lado, detrás del biombo.
Se acerca a la puerta de entrada y la abre para dejarla entornada.
Sentada en el sofá se enfunda unos guantes negros que suben hasta por encima de su codo y cubre sus ojos con una máscara, también negra, que estiliza su mirada.

Son las diez y veinte, Amanda sigue sentada, procura no recostarse para que no se le enrede el pelo. Cruza y descruza las piernas.

Son las once menos diez. Amanda aún con la máscara, plantada en medio de la sala, llama a Eduardo. El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. “Vaya… Se habrá quedado sin batería”. Un pequeño retortijón le apelmaza el estómago. “Venga… Calma… No me voy a agobiar… Está a punto de llegar”.
Para entretenerse vuelve a los discos. Finalmente elige uno de Jazz, que deja listo en el aparato.

Es medianoche, Amanda frente a la nevera abierta, duda entre un chupito de vodka o una copa de vino blanco. El vodka gana, se toma dos.

Son las doce y media. Por si acaso, vuelve a insistir. El teléfono sigue apagado. Lo lanza con rabia contra la pared. Otros dos chupitos le suavizan el ánimo.

Es la una y media de la madrugada, Amanda baila sola. Unas lágrimas le pintan surcos negros de rimel que se escurren por debajo de su máscara. “Va a venir, no me va a dejar tirada…”.

Hoy es miércoles, son las nueve y media de la mañana. El hombre del mono naranja ha encontrado la puerta entreabierta, deja las bombonas en el umbral, y se asoma. Pero se queda con el saludo atragantado por la sorpresa.
Las persianas están bajadas pero aún dan cierta luz un montón de velas casi acabadas. Una mesa de cristal está patas arriba, hay fresas chafadas y purpurina por todas partes.
Una chica de pelo rojo muy despeinada, está tumbada en el suelo con las botas puestas. Sólo lleva unas medias, guantes y un sujetador desabrochado.
A su lado un biombo ladeado, con los paneles rasgados mantiene un equilibrio incierto. Tiene las piernas abiertas y algo flexionadas, entre sus tobillos cuelgan sus bragas. Duerme profundamente con la cabeza ladeada, sus ojos están emborronados de maquillaje corrido. De su boca entreabierta cae un hilillo de baba, sus labios se ven color burdeos, teñidos de vino. Junto a ella, una botella de vodka y otra de vino vacías, sobre la alfombra se ha derramado una tercera que empapa una pequeña máscara. Su mano derecha se aferra a un vibrador lila.


Ibiza, abril 2006

Servicio tecnico

Su móvil empieza a sonar justo cuando Sabina está entrando en la casa a buscar algo de beber. Vuelve sobre sus pasos hasta la piscina y sentándose en la tumbona lo saca de su bolso. Se fija en la pantalla y sonríe.
⎯¿Sí?
⎯Buenos días, soy el técnico del canal digital que pidió. Es por lo de la incidencia. Usted llamó…
⎯Sí. Vaya… No les esperaba tan pronto. Qué rapidez…
⎯Nuestra mayor preocupación es satisfacer a nuestros clientes ⎯El hombre suelta una risita al terminar de hablar.
⎯Claro, claro… ⎯Sabina se muerde los labios y menea lentamente la cabeza ⎯Vale, genial. No sé qué hice con el mando y no logro volver a sintonizar los canales.
⎯Será una tontería, yo se lo ajusto en un momento. Voy para allá si le parece bien. Sabina Güell, la casa terracota, segundo camino a la izquierda después de la rotonda de San Rafael, según la ficha.
⎯Eso es. Aquí le espero.

Sabina se echa sobre los hombros su bata china de satén, y va hasta su habitación para vestirse. Se quita el bikini y se pone una camiseta blanca de tirantes, una minifalda vaquera y unas botas negras estilo cowboy. Después de lavarse la cara, se suelta la coleta, sacude el pelo agachándose hacia delante y hacia atrás y se lo arregla un poco con las manos.
Pasado un rato oye el sonido de un motor que entra aminorando su marcha, haciendo crujir la gravilla. Se dirige hacia la entrada y le hace unas señas al conductor.
⎯Pase, pase.
Sin esperarle entra en la casa, mientras él aparca. Él llega enseguida y tras un saludo breve Sabina le conduce hasta el televisor.
⎯Aquí está el aparato ⎯repiquetea con sus dedos sobre el receptor mirándole fijamente a los ojos.
Él devolviéndole la mirada le contesta:
⎯Se lo voy a dejar como nuevo señora.
⎯Señorita ⎯Le corrige ella con un guiño antes de dar media vuelta y marcharse.

Pasados unos momentos, Sabina regresa con dos vasos de agua.
⎯¿Tiene usted sed? ⎯ Deja los vasos sobre la mesa de madera grande que hay en medio de la sala.
⎯Esto está listo, ya le dije que sería una tontería ⎯Contesta el hombre acercándose ⎯Y sí, tengo mucha sed.

Están frente a frente, ella de espaldas a la mesa. Se clavan sus miradas, se miran de arriba abajo. Ella suspira, él se seca las gotas de sudor que bajan por su sien con la muñeca. Sabina se gira, coge el vaso y se lo pasa. Él se lo bebe sin dejar de mirarla. Al terminar lo deja sobre la mesa. Ella aparta los dos vasos con el antebrazo; entonces él la agarra de la cintura y la eleva hasta sentarla sobre la mesa. Ella lo atrae hacía su cuerpo enlazándolo con las piernas. Quedan mirándose unos instantes con las caras tan cerca que sus respiraciones agitadas se tocan.
Sabina echa la cabeza hacia atrás y al instante siente sus besos húmedos que le recorren muy lentamente la clavícula, el cuello, la mandíbula, hasta alcanzar sus labios. Se besan con violencia, con prisa, como muertos de sed. Al colar su mano bajo la falda, el técnico se da cuenta de que no lleva nada debajo. Acaricia sus caderas y baja por sus muslos con las dos manos, la mira con picardía a medida que se va agachando para arrodillarse. Sabina se desliza poco a poco hacia atrás hasta apoyarse sobre los codos, eleva las piernas y las deja descansar sobre los hombros del hombre. Ha cerrado los ojos y emite un gemido ronco y rasgado cuando siente la caricia de su lengua. Él de tanto en tanto, levanta la mirada para observarla. Ella se estremece de placer y aprieta el mentón contra su hombro y va dejando caer su cabeza de lado a lado.
De repente el hombre se levanta, la hace ponerse en pie atrayéndola desde las caderas y la coloca de espaldas a él. Se desabrocha el pantalón y lo hace caer hasta sus pies junto con sus calzoncillos. Ella le espera inclinada hacia delante apoyada con sus manos sobre la mesa. La envuelve con sus brazos, manipula el cierre de su falda y se la quita. Entonces con una mano sobre su cadera y la otra sobre su hombro la toma desde atrás. Ella arquea la espalda al sentirle dentro. Muy despacio primero, más rápido después conjugan sus cuerpos saboreando ese placer. El técnico con su caricias la invita a explotar con él. Ella grita sin palabras y él muerde su hombro, hasta que juntos se derrumban sobre la mesa.
Dejan escurrirse así unos minutos, jadeando, respirando poco a poco más pausadamente, él reposa su peso sobre sus brazos para no aplastarla.

⎯Venga va, que se me hace tarde ⎯le dice Sabina sacando culo para que se aparte. Se incorpora, le besa y se va a la ducha.
Él se sienta y bebe el otro vaso de agua con expresión satisfecha.
⎯Ha estado bien ¿No? ⎯Le pregunta alzando un poco la voz para que pueda oírle.
⎯Ha estado genial ⎯Responde ella desde el baño entre carcajadas. ⎯Pero podrías haberte ahorrado el, “Nuestra mayor preocupación es satisfacer a nuestros clientes”, ahí casi me entra la risa.
Él también se ríe: ⎯Sí, eso estuvo buenísimo y a mí sí que se me escapó. Pero anda que tu, “Señorita”… ⎯Lo dice aflautando la voz para imitar un timbre femenino.
⎯¿Y qué pasaría si un día lo hago de verdad? ⎯Le pregunta Sabina al rato.
⎯¿El qué?
⎯Pues follarme al técnico o algo así…
⎯Pues que yo me lo montaría con la de la limpieza, que no está nada mal.

Sabina sale del baño ya vestida, se miran y corre a saltar sobre él exclamando: “Conque no está nada mal ¿eh?”. Él la agarra al vuelo y muertos de risa, se besan y disfrutan un largo momento del abrazo. Hasta que ella ve la hora de refilón y empieza a impacientarse.

⎯Venga va, ahora en serio, que odio llegar tarde. Bájame, que me voy.
Coge su bolso, sus gafas de sol, le da un beso a su marido y ya saliendo le dice:

⎯Adiós, técnico. Gracias por sus servicios.
⎯Adiós, señorita. Un placer.

Ibiza, abril 2006

No me pidas perdon

Mar, detrás de la vitrina de los dulces, algo recostada contra el mueble sacude unas trazas de azúcar glas que se han quedado refugiadas entre los pliegues del tejido, sobre su barriga.
La puerta de cristal se abre haciendo sonar la campanilla. Un par de señoras entran cogidas del brazo. Los mismos chismes que escuchó por la mañana y entre un déme dos barras y uno de esos de cabello de ángel, un qué barriga tan hermosa y yo te digo que de aquí a un mes sale de cuentas. Mar intenta despacharlas lo más rápido posible para evitar la pregunta sobre el padre hacia la que están procurando resbalar. Junto a la caja, envuelve las barras de pan en papel y las mete en la bolsa de plástico con el pastelillo. Qué contenta estará tu madre de tenerte de vuelta, y dime guapa… Son dos euros cincuenta por favor. La campanilla distrae a las mujeres que se giran a mirar. Un chica delgada, con el pelo muy corto y un aire distraído se dirige sin mirarlas hacia el aparador de los quesos.
Te voy a dar la calderilla si no te importa, la señora cuenta los céntimos que va pasando de su monedero a la palma de su mano, la otra sonríe a Mar como esperando conversación. Mar no contesta, solo extiende una mano, que le tiembla ligeramente, para alcanzar las monedas que le tiende la mujer, con la otra se agarra con fuerza al mostrador. Su mirada no se ha despegado ni un segundo de la chica que todavía contempla los quesos al otro extremo de la pastelería. El sonido de la puerta al salir las señoras, que se cruzan con un obrero vestido con un mono azul de trabajo. La chica que se acerca, yo quería… Al encontrar los ojos desconcertados de Mar, un silencio espeso. Y su mirada que desciende por su barriga, Mar observa sus ojeras, y ese pelo tan corto que parece rapado. Una de ellas suspira, la otra también. Las preguntas flotan mudas. Yo quería un bocata, es para hoy o para mañana. Las dos miran al hombre. La chica pasa una mano por su cabeza que mueve de lado a lado y hace ademán de marcharse. Espera, por favor, Mar da unos pasos con una mano en el pecho y la otra extendida hacia ella. No, si debo ser invisible, el hombre sale dando un portazo, la campanilla repiquetea histérica.
La voz más alta para que llegue hasta la trastienda, un, mamá, atiende tú, tengo que salir un momento. Y desatar el delantal que deja sobre la repisa de mármol antes de acercarse hasta la puerta que abre despacio, vamos…

Dos chicas mirándose, paradas en medio de una calle frente a una pastelería de un barrio más. Se miran muy, muy adentro hasta que Mar suspira o casi solloza y baja la mirada. Se gira levemente hacía un lado, sus manos buscan ese espacio entre el cuello y los hombros donde cargamos tantas cosas, y bajan como derrotadas hasta sus costados.
Un qué puedo decirte y un no me digas nada. Su mano que acaricia ese centímetro de pelo, y su pregunta en la mirada. La expresión cansada que afirma, sí, pero aquí estoy. La quimio a tiempo, quien lo iba a imaginar, una mano que dibuja el gesto de pasar página, un ya pasó que no quiere revolver el dolor… Un cómo no nos buscaste para avisarnos, que no precisa ni merece respuesta. Un encogimiento de hombros, o dos. La caricia lenta en la barriga, dos sonrisas, siete meses y medio. La de cosas que pueden pasar en un año… Y lo más difícil de preguntar, esas dos palabras que les pesan tanto ¿Y él? Te alegrarás, a mí también, sí, me dejó, y ¿sabes lo mejor? se fue con María. Una carcajada compartida que suena más a llanto que a risa.
Mar toma de la mano, primero tímida, a esa que fue su amiga. Es bien recibida. Y así cogidas, las dos chicas se alejan caminando, de tanto en tanto la risa las sacude. Caminan, se miran, la mano que aprieta expresando esas palabras que ya no tienen cabida, la calidez de la piel que les recuerda tantas cosas. Dos viejas amigas que abrazadas lloran en mitad de una calle.


Bordeaux, mayo 2006

El alma de mi jardin

Hoy te puse tulipanes, mi reina. Rojos y blancos, tus preferidos. Florecieron hace poco junto a la alberca, donde tú los plantaste. Parece que a tu árbol le gustaron, sus ramas lloronas se mecieron por un instante, como si con ese susurro quisieran agradecérmelas de tu parte.
Ya está aquí la primavera, cantándole a tu ausencia. Te veo con aquel vestido de gasa lila, que ondulaba con la caricia del aire y dibujaba las dunas de tus curvas; agachada sobre tus jacintos, que te negabas a arrancar, por eso cada día con la caricia de tu nariz te acercabas a escucharlos.
Siempre me decías que los aromas de tu jardín te hablaban. Yo me reía. Ahora que lo cuido en tu lugar, he entendido muchas cosas, ahora esos aromas me hablan de ti.

Los días en que estoy más triste te pongo jazmines para que su esencia se cuele por mi ventana y nos tienda un puente durante mis sueños. Cuando la alegría se asoma me atrevo con un ramo de girasoles y con los brazos extendidos saludo al sol como tú lo hacías cada mañana.
Espero que no te importe que nunca cambie de florero. Era tu florero; tú dibujaste sobre la cerámica esos tallos que suben enredados y explotan en amapolas brillantes y vaporosas. Te veo en la mesa de la cocina junto a la ventana, tu mirada de miel encendida con la luz de la tarde; sujetabas concentrada el pincel fino que hacías bailar con movimientos rítmicos y precisos. Tus rizos trigueños caían desde tu frente, yo me acerqué y te recogí la melena con la cinta de terciopelo. En realidad lo que quería era besar tu cuello.

Cada día recupero nuestros besos cuando me arrodillo junto a tu árbol, y como ahora, te mando mis mensajes a través del florero. También cuando lo veo desde la cama, sobre el montículo de arena y conchas que le preparé en la base del tronco para que el viento no lo derrame.

La gente dice que me voy a volver loco, que estoy obsesivo; que debería salir más y olvidarme de que duermes para siempre tan cerca de mí. Nunca estuvieron de acuerdo, pero yo te lo prometí.
El mundo se me hace enorme sin ti. Hasta que no recupere los trocitos de mi que te llevaste, no saldré de nuestro jardín.

Ibiza, abril 2006

Te llevo en mi

Siempre me has faltado. He pasado toda mi vida echándote de menos a pesar de que apenas tuve tiempo de conocerte. No guardo ni una imagen de ti, salvo las que me muestran las fotos. Mi memoria ni se molestó en intentar registrar los momentos que compartimos, era demasiado pequeña.

La primera vez que nos vimos fue el día de mi nacimiento y claro, no logro recordarlo. Ella sólo permitió a papá estar en la habitación durante el parto, así que te tocó esperar en el vestíbulo. No podías quedarte quieta, te sentabas, te levantabas, te volvías a sentar. De tanto en tanto te ibas a los servicios y te mirabas al espejo, revisabas tu aspecto y regresabas a la silla.

Ibas peinada impecablemente. Hacía dos semanas que habías viajado a Buenos Aires y desde entonces no faltabas a tu cita con el peluquero cada dos días, decías que yo podría llegar en cualquier momento y querías estar bien guapa para la ocasión. Llevabas un vestido color crema con florecillas bordadas en blanco. Lo elegiste con mucha antelación.
Lo primero que hiciste al llegar del pueblo fue ir a la habitación de invitados, como no tenía armario quitaste el cuadro de Pink Floyd de la pared y de ese clavo colgaste tu vestido bien metido en su funda para que no se arrugase. El piso estaba en pleno centro, en el barrio de la movida bohemia e intelectual, muy pequeño pero con mucho encanto. Cuando mis padres se casaron tú te comprometiste a ayudarles a comprarlo siempre y cuando tuviese una habitación para cuando tú viajases a la capital.

Cuando al fin te dijeron que podías pasar a vernos te tomaste tu tiempo. Permaneciste un momento sentada, respiraste bien hondo, no fuese que te traicionase la emoción antes de haberme visto y cuando te sentiste preparada viniste a la habitación. Te quedaste a unos metros de nosotros observándonos.
Papá sentado al borde la cama abrazaba a mamá, ella me tenía en su regazo, los dos me miraban sonrientes. La luz entraba a raudales por la ventana. Yo también he podido ver esa escena gracias a que tú después de mirarnos durante unos minutos inmóvil con tus manos sobre el pecho, cogiste la cámara de la mesilla y sacaste la foto que ahora tengo enmarcada sobre mi escritorio. Después, te acercaste y sin decir nada le tendiste los brazos a mamá para que te dejara alzarme. Me miraste largamente con esos ojos verdes que se volvían pequeñitos cuando llorabas o reías. “Qué linda es, ⎯dijiste sonriendo mientras me acariciabas la cabeza⎯ y cómo lo mira todo, será niña muy observadora… Los bebes no miran así. Es muy curiosa, quiere entender donde está… Tendrás mucha suerte pequeña, has nacido a mediodía en pleno verano, cuando el sol está en todo su esplendor. Tu vida será muy bonita”.
Siempre te agradeceré, Evita, tu bendición. Gracias a ti, tuve un hada madrina como la bella durmiente y cuando agradezco mi suerte siempre te dedico un pensamiento.

Tú sabías que sería niña. Cuando llegasteis a la clínica tuvisteis que esperar al médico más de una hora. Mamá tenía las contracciones cada vez más seguidas. Recorría con pasos grandes la habitación, sujetándose la barriga con las dos manos, inspirando y exhalando y soltando tacos a cualquiera que le hablara. Tú, mientras revisabas la bolsa que habíais traído de casa, “¡se nos ha olvidado el chupete hija!” “¿Me quieres dejar en paz?” ⎯te gritó ella.
Sin decir nada cogiste tu monedero, bajaste las escaleras hasta la planta baja y buscaste la farmacia: “por favor señorita, déme un chupete rosa que mi nieta está a punto de nacer”.

Tan pocas cosas sé de ti. Las pocas que sé me las ha contado mamá con muchísimo amor y yo las adorno con mi imaginación.

No nos vimos muchas veces por que vivías a cientos de kilómetros. Antes de que cumpliera los dos años nos vinimos para Europa. El día que nos fuimos nos acompañaste al puerto. Me ha contado que cuando nuestro barco zarpó, te quedaste ahí, de pie, agarradita a tu bolso mirando como nos alejábamos hasta que nos perdimos en el horizonte. Suele llorar cuando me lo cuenta. Fue la última vez que te vio; “tengo esa imagen tan grabada… la veo solita en ese muelle, convirtiéndose poco a poco en un puntito lejano”.

Nos escribías cartas cada semana. "¿Cómo está mi Marlenita? Cuánto me faltan esos ojitos oscuros y profundos…Necesito veros, he reservado un billete para viajar el mes que viene. "
Mamá te pidió que esperases. Llevábamos pocos meses en Ibiza y acababan de encontrar un casa para alquilar. Era como una casa payesa en miniatura, frente al mar. Yo todavía la recuerdo, tenía una terraza con arcos desde la que veías la playa y abajo un jardín con higueras gigantes en el que siempre jugaba.
Pero ella quería decorarla y arreglarla bien antes de que vinieses para que estuvieses mas cómoda. Tres meses después recibimos el telegrama de la tía Kuky, yo ni me enteré, supongo, pero ahora sé que se pasó tres días sin dejar de llorar, repitiendo desgarrada: "¡Mamá! Mamaíta… ¡Mamá!"

Cuántas veces me habrá contado la de ocasiones en que ella te decía “mamá” y tú le comentabas:
—Yo no tuve una mamá y siempre me he preguntado como será…

Tus padres, Pedro y Hassia inmigraron desde Rusia a principios de siglo con algunos familiares. No sé nada de aquella expedición y a pesar de que he intentado indagar nadie en la familia parece saber mucho, o están ya muy viejos para recordar; y la última vez que fuimos a Argentina yo era demasiado niña para preguntar.
Hace poco contacté por email con el hijo de una prima tuya. Me contó que provenían de un pueblecito de algún lugar de lo que es la actual Ukrania, una zona que en su momento llamaban la Rusia blanca.

Una vez en Argentina se instalaron en una provincia del noroeste, cerca de las cataratas de Iguazú. Con pocos recursos y mucho esfuerzo tu padre consiguió montar una modesta tienda de ultramarinos en el salón de su casa.
Cuando su vida comenzaba a tener cierta estabilidad Hassia enfermó, fiebre amarilla me parece. Murió con veintitrés años dejando cinco hijos, siendo tú con un año y medio la penúltima seguida de una bebita de seis meses.
¿Cómo se las arreglaría un viudo con cinco niños? Según me contaron en aquellas épocas no era tan inusual la solución que encontraron. Pedro se casó con Rosa, la hermana de Hassia. Esa chiquilla de quince años tuvo que pasar de un día para otro de ser una adolescente a asumir la responsabilidad de hacerse cargo de toda una familia.
Siempre he oído hablar de ella como Mama Rosita ¿Quién podría culparla de no haber sido buena madre? No tardó en quedarse embarazada y en poco tiempo se vio rodeada de ocho niños a los que cuidar ¿Quién podría reprocharle que haya cuidado con mucho más amor y atenciones a sus tres hijos biológicos?

Me hubiese encantado hablar contigo de todo esto, saber como fue tu relación con ella, tantas preguntas flotan en mi cabeza...
Tu hermanastra Amalia amasó una gran fortuna con su marido León. Gracias a lo que Mama Rosita pudo permitirse en la vejez descubrir la vida que le fue negada siendo tan joven. Pasó sus últimos años recorriendo el mundo en cruceros lujosos, octogenaria pero luciendo bikini de Christian Dior.

Así que no fuiste la más normal de las madres, si es que eso existe. Mamá ahora se da cuenta de tantas cosas… no sabes cómo se pone cuando me habla ti. “Era tan buena tu abuela Eva. Se equivocó en muchas cosas pero ahora entiendo que fue porque no sabía hacerlo mejor. Fui tan injusta con ella. Le reproché tanto que no me dejase vivir mi vida, salir con quien quisiese, que limitase mi libertad….me fui tan jovencita de mi casa, no aguantaba su control. Me fui a estudiar a Europa y aunque haya recorrido tantos países y vivido experiencias maravillosas me sentía muy sola, me faltaba tanto mi familia… Ahora entiendo su dolor, su ignorancia, sus limitaciones, ahora soy madre también y me destroza imaginarme el daño que le hice. Lo que daría por poder abrazarla, besuquearla, agradecerle todo su amor, su dedicación, pedirle perdón… pero ya es demasiado tarde…¨

Desde que se fue mamá todos los viernes esperabas en la puerta de casa la llegada del cartero, con tu silla sobre la acera. No te retirabas hasta estar bien segura de que había terminado su servicio. No siempre llegaban cartas pero tú nunca dejaste de esperarlas.

Me pregunto como serías tú a mi edad, cuales eran tus sueños, tus temores, tus ilusiones, qué te divertía… Ni siquiera me puedo imaginar tu aspecto de jovencita, en las pocas fotos que he visto ya debías tener más de sesenta, con tus gafas de vista colgadas del pecho de una cadenita de oro, con tu pelito corto y algo rizado. Es verdad que cuando sonreías se te rasgaban los ojos transmitiendo mucha dulzura… te miro e intento ver a través del papel, buscando a esa mujer que fuiste de la que tan poco sé…

Sé que te casaste enamorada y que José siempre te amó y te cuidó. Bueno, hasta que enfermó claro… mamá sólo tenía doce años y nunca se lo perdonó. Creo que fue un infarto cerebral a algo así, quedó incapacitado en una silla de ruedas. Ella se sintió completamente abandonada, supongo que por eso no tiene mucha paciencia con mi padre cuando se pone enfermo. Dice que no soportaría acabar su vida como tú, sola, cuidando como a un niño al que antes fue su compañero. Tú nunca te quejaste, asumiste tu destino. El tiempo que vivió tuviste que alimentarle, bañarle, ayudarle a hacer sus necesidades; siempre con una palabra dulce, siempre llamándole por su nombre aunque no pudiese contestarte, “vamos José, mi amor, es la hora de tu baño.”

Siempre me he preguntado cómo sería tener una abuela…teníamos una mecedora de madera y yo te imaginaba ahí sentada contándome historias, tejiendo una bufanda de mis colores preferidos. A lo mejor no te gustaban las mecedoras pero de pequeño nos las pintan así a las abuelitas…
A veces he jugado con sustitutas. Imaginaba que tenía abuelos adoptados en las grandes comidas familiares de mis novios, con tíos, primos, cuñados, yernos… se me hacía bastante raro que existiesen familias tan grandes porque nosotros aquí no hemos sido más que cuatro y eso es lo que conozco. Quizás por eso somos como una piña.
A Leroy no lo llegaste a conocer, ya tiene veinticuatro años y está guapísimo, se parece mucho a papá. Tiene una mirada rasgada muy seductora y una sonrisa que le ilumina la cara. Quiere ser músico, pero músico electrónico. Ahora también se puede hacer música con los ordenadores aunque creo que tendrías que dar un salto cuántico para entenderlo.

He tenido bastantes parejas ¿sabes?, pero no te vayas a pensar que he sido promiscua. Amo el amor y desde que tenía dieciséis años lo he vivido intensamente, hasta que se acababa… y he sabido curarme las heridas para seguir experimentando.
Seguro que te tranquilizaría saber que ya he encontrado a mi compañero. Siempre le preguntaba a mamá, “¿cómo sabré reconocer al hombre de mi vida?” y ella me contestaba: “por qué sentirás una serenidad inmensa. El verdadero amor es sano, tranquilo, sabes, simplemente sabes que ha llegado a tu vida.” Y luego añadía, ¨mi madre lo encontró y yo también, ya verás cómo un día aparecerá”.
Y exactamente eso fue y sigue siendo lo que siento a su lado. Queremos invitar a nuestras vidas a esa personita que nos enseñará a ser padres dentro de poco. Ya tengo treinta años, estoy enamorada y me siento preparada. Y precisamente por que yo no pude disfrutarlo tengo muchas ganas de que mis hijos puedan vivir muchas experiencias y momentos con sus abuelos, a ser posible durante bastantes años...
Si te digo la verdad igual que tú lo sabías, yo sé que va a ser niña. Imagino que suena a pirada por que ni siquiera estoy embarazada. Pero lo sé, sencillamente lo sé. Además, hace bastantes años una noche soñé con ella y fue tan real abuela… la tenía en mis brazos y la miraba a esos ojos grandes, de pestañas largas y muy negras. Ella también me miraba y sus ojos eran verdes como los tuyos, como los de mamá, como los de mi amor.

Me ha dado mucha rabia no conocerte, no sentirte, no tenerte. Pero hace un tiempo me di cuenta de que te llevo dentro. De que yo existo gracias a ti. Me siento casi un producto de tu existencia, de la casualidad de que un día cualquiera conocieses al abuelo y os miraseis…
Me he dado cuenta de que mis rasgos son los tuyos, y de que en alguna curva de mis huesos nos parecemos, seguro que en alguna de mis manías podría encontrarte y en alguno de mis miedos podría identificarte… Voy a seguir averiguando quién fuiste para poder quererte de más cerquita en mi imaginación y así de alguna manera poder honrarte. Te llevo en mi.
Gracias abuelita, simplemente, te quiero.

Ibiza, febrero 2006

El que es ciego no ve

* (Este relato es un “remake” construido a partir de algunos fragmentos de diálogos de un texto de Quim Monzó, que marco en cursiva).

Creo que ya no me quiere. Anoche subimos a la azotea con un par de esterillas y unos cojines. Yo cogí el candelabro de madera. Las últimas noches han sido muy cálidas y huelen a tierra. Dicen que es una ola de calor que sube desde África. No había luna y el cielo estaba despejado. Me tumbé recostada sobre los cojines. Raúl, a mi lado, sentado con las piernas entrecruzadas, se lió un porrito mientras yo miraba las estrellas. Estaba muy oscuro y en los instantes en que él encendía el mechero para ablandar el trocito de hachís, me parecía ver un relámpago de fuego. Su rostro aparecía cálido cada vez que la llama lo alumbraba, las estrellas se imponían frías cada vez que se apagaba. Frías pero tan hermosas. ¿Hay algo más bello que una estrella? Yo también me siento fría muchas veces. Hay días que me despierto y encuentro un vacío enorme y helado que me llena toda y entonces ni la calidez de Raúl me llega.

—Raúl… —le dije tirándole un poco de la camiseta.
—¿Sí? —me contestó, miraba de cerca el ribete con pegamento del papel de liar que humedeció de un lengüetazo rápido.
—¿Verdad que hay pocas cosas más bellas que las estrellas?
—Pues… no me había parado a pensarlo —se giró y me miró sonriente mientras se acomodaba sobre el cojín—. Pero tienes razón, son increíbles, muy bellas —con la mirada perdida en el cielo acercó el mechero a sus labios y encendió el porro.
—¿Piensas en mí cada vez que las contemplas?
Al reírse se le atragantó el humo de la calada que estaba expulsando y entre toses me dijo:
—No siempre. Pero alguna que otra vez sí, supongo… —me tomó de la mano, la suya estaba más caliente, como siempre.
Un nudo muy frío apretujó mi estomago. Nunca entenderé que le hagan tanta gracia cosas que para mí son tan importantes. Tardé unos minutos en volver a hablar. Incluso probé lo de contar hasta diez para ver si se me pasaba, pero hice trampa y cuando iba por el ocho se lo dije:
—Quizá es que no me quieres —me salió la voz como estrangulada por culpa del nudo. Me dio rabia y le retiré la mano.
—Te quiero —me contestó con su voz profunda y en su sitio, como siempre. Se acercó más a mí y me dio un beso. El nudo se aflojó un poquito y nos quedamos callados mirando las estrellas.

Volví a la noche en que nos conocimos. También estábamos bajo un cielo estrellado. Fui por compromiso a aquella fiesta, no podía faltar al cumpleaños de mi mejor amiga. Tenía la regla y arrastraba uno de esos bajones en que te sientes tan vulnerable. Había mucha gente y no conocía a casi nadie. En cuanto pude me escabullí de Lourdes que se empeñaba en presentarme a todos. Yo me sentía una boba sin conversación. Salí afuera y me tumbé en una hamaca junto a la piscina. Raúl apareció como de la nada y se recostó en la tumbona que había junto a la mía. Nos miramos, él me sonrió. Nunca le había visto antes. Yo también le sonreí pero enseguida volteé mi vista hacia el cielo. Los dos exclamamos al ver una estrella fugaz. Nos miramos y le sonreí, él también me sonrió. Yo le pregunté qué había deseado la última vez que vio una estrella fugaz. Tardó bastante en contestar, yo pensé que había sido demasiado indiscreta pero finalmente me contó que de eso hacía ya bastante tiempo y que había pedido volver con su ex novia. Le pregunté si la quería mucho y él me dijo que había creído quererla muchísimo pero que ya no estaba tan seguro. ¿Y si le pasa lo mismo conmigo? Quizás incluso puede ser que su deseo no se cumpliese por habérmelo contado aquella noche... Me hace daño comerme el coco así. El nudo volvió a ensañarse, goloso con mis pensamientos. Hasta me pareció que las estrellas brillaban menos y decidí preguntárselo:
¿Cómo lo sabes? Que me quieres… —le cogí el porro y le di una calada bien profunda.
No lo sé. Lo siento. Lo noto —habló despacio y sonreía. A veces cuando sonríe de esa manera me parece que está siendo irónico.
¿Cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?
Te quiero porque eres diferente de todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría la vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito —al terminar de hablar dio otra calada al porro y me lo pasó.

Estas respuestas suyas me inquietan. Me vi agitando la cabeza, como negando.
Salfumán… Canicas… Sí, ya… Cuando uno exagera tanto es porque no encuentra razones sinceras y tiene que inventárselas. Como Oscar, ése sí que era "Don Piropos". Nerea la más hermosa, Nerea tan especial… Tres años sorprendiéndome con regalos, con detalles… Un día me despertó con las notas dulces de nuestra canción favorita y al abrir los ojos en letras grandes pintadas en la pared de nuestro dormitorio leí: "Nerea, la mujer más maravillosa del planeta", por todas partes corazones rojos enormes… Y el día que apareció con un billete para que me fuese de viaje con mis amigas… Qué generoso, pensé entonces… Y entretanto se follaba a mi prima, a la vecina y quién sabe a quién más… Dicen que todos los hombres son iguales… Pero yo no quiero pensar así… Raúl es diferente, debo confiar en él… Él siempre me dice que puedo estar segura, que el tiempo me lo va a demostrar…
¿Lo dices de verdad? Oh, Raúl, si supiese que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí... ¿De verdad me quieres? — agarré su mano bien fuerte, mi mayor deseo sería poder creerle, dejarme llenar por él y que su calor espante esos pensamientos que me hielan el corazón.
Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme. Te querría en silencio, a escondidas. Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiero?
—¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba real tengo de que me quieres? Sí, tú dices que me quieres. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que a ti te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que tú me quieres a mí?
Raúl se incorporó, alargó el brazo sobre mí para alcanzar a coger el candelabro que había dejado a mi lado. Pensé que estaba haciendo tiempo porque ni él sabía la respuesta. Encendió la vela y, sujetando el candelabro a la altura de nuestros hombros, me dijo:
Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos —acarició suavemente mi mentón, entonces levanté la mirada y al encontrarme con la suya sentí su calor y unas chispitas encendieron mi sexo. Ese calor de Raúl que consigue derretir mis miedos.
¿Crees que podría engañarte? Me decepcionas. —añadió, estropeándolo todo. El nudo y las chispitas se intensificaron. Frío y calor jugando conmigo al mismo tiempo. ¿Por qué será que me pongo tan cachonda cuando temo perderle?
¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?

¡Se decepciona de mis demostraciones de amor en lugar de enorgullecerse y darse cuanta de que lo que me pasa es que no podría vivir sin él! Hice un esfuerzo y me contuve, no quería volver a llorar.
Por la mañana cuando estaba en el cuarto de baño, Raúl entró en el preciso momento en que yo me miraba al espejo desnuda. Clavaba mi dedo en esa puta celulitis que ensucia mis muslos y mi culito, tan perfecto hasta hace poco. Me pilló tan desprevenida que pegué un respingo y de un manotazo cogí la toalla que había sobre la repisa del lavabo; hice caer los botes de crema, la jabonera y el vaso con los cepillos de dientes. Él se rió y me cogió de las caderas con las dos manos, me atrajo hacia él y con un guiño me preguntó:
—¿Qué hace usted, señorita Pepis?
—Nada —le contesté yo despegándome de su abrazo.
Él se rió aún más. ¿Qué le hará tanta gracia? Parece que cuanto más ridícula me siento más morbo le doy. De un tirón me arrancó la toalla a la que yo me aferraba como si pudiese salvarme de mi inseguridad. Con sus manos sobre mis hombros me volteó como si fuese una peonza, y pegó su cuerpo al mío. Paseó su erección entre mis nalgas a la vez que agarraba mis pechos y dibujaba circulitos con mis pezones sobre las palmas de sus manos. La caricia de su aliento en mi cuello hizo que se me erizara el vello. Intenté relajarme y seguirle, pero al instante ya estaba llorando, me sentí como una niña tonta.
—¿Pero qué te pasa, mi amor? —me dijo con los ojos muy abiertos. Agarró mi cara para obligarme a mirarle, y bebió mis lágrimas con sus besos.
—Me estoy estropeando. Pronto no te voy a gustar… —le contesté y hundí mi cara en su pecho. Mis sollozos como con vida propia, cada vez más fuertes.
Él no me entiende, cuándo más necesito su consuelo más duro se pone. Me soltó y salió del baño.
—No te soporto cuando empiezas con esas tonterías— refunfuñó y al rato desde la habitación añadió:
⎯Estamos a día veintitrés, Nerea, ya debes estar premenstrual, ¿no?
Me miré al espejo y me vi cara de loca, con esos ojos de llorona y esos pelos revueltos. Me gustaron mis tetas, la verdad es que estaban algo hinchadas. Entonces me dije que tal vez tenía razón, siempre me olvido de mis revoluciones hormonales. Le saqué la lengua a mi reflejo y me reí.

Al recordar todo eso solté una carcajada y me di cuenta de que me había fumado medio porro. Raúl me lo quitó con suavidad y lo dejó en el suelo. Me tomó de las manos, me miró a los ojos y me dijo muy serio:
Te quiero. ¿Me oyes bien? Te quie ro.
—Oh, «te quiero», «te quiero»... Es muy fácil decir «te quiero».
Se debió creer que porque me había reído ya estaba todo arreglado. Si por lo menos me dijese "te amo". "Te quiero", es una expresión egoísta, te quiero para mí, porque me apetece, como uno quiere un coche o un bocata de lomo. Te amo es más grande, viene del verbo amar. Pero de eso debería darse cuenta solito.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me mate para demostrártelo? —Me preguntó mientras se revolvía el pelo con una mano y con la otra buscaba el porro.

¡Es tan simple entenderme y él lo complica tanto! Si me hubiese dicho que sí que piensa en mí cada vez que la belleza de las estrellas le conmueve, yo sería la mujer más feliz del mundo y no estaría ahora mismo calentándole la cabeza.
No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente — La conversación empezaba a hartarme. No, si al final siempre acaba siendo él la victima.
—Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero? — Me miraba fijamente y yo también me encontré en sus pupilas, pequeñita. Pensé que me ve, pero no puede verme. Estoy dentro suyo pero no me encuentra. No hay duda, el que está ciego no ve.
No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen.

Pretende que le dé un manual de instrucciones ¿o qué? El romanticismo ha de salir del alma. Decidí que mejor era callarme. Mirar las estrellas me hace bien. Me di cuenta de que estaba bastante colocada porque percibía más sus parpadeos, como que se me acercaban y se alejaban y hasta me pareció que me hablaban: "siempre estamos aquí para ti, aunque a veces no puedas vernos". De repente sentí una oleada cálida de calma que recorría mi cuerpo y disolvía mis tensiones. Como él, pensé, como Raúl. Siempre está para mí. Suspiré y me giré hacia él.
A lo mejor tendría que creerte —le dije bajito.
¡Pues claro que tienes que creerme! —me contestó con esa seguridad suya que me abruma.
Pero ¿por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que vayas con mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?
Si me diese al menos una… Con una sola explicación concreta y coherente me quedaría tranquila. ¿Tanto le cuesta?
Me aturdes —sacudió la cabeza, levantó los brazos al cielo y los dejó caer pesadamente a sus costados.
Perdona —le contesté y apoyé las palmas de mis manos sobre mi vientre, el nudo amenazaba con contraatacar. Sólo me faltaba que se enfadase…
Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con tus preguntas. Me hartas.
Lo sabía, se está hartando de mí. La intuición femenina no engaña. Entonces estoy en lo cierto. Soplé sobre la llama de la vela para apagarla y antes de irme le dije:
—Quizás es que no me quieres.


Arraial d' Ajuda, marzo 2006